La semana pasada les hablaba sobre la llegada rigurosa del invierno; por el aspecto de los días parecía que la época de lluvias iba a durar un largo tiempo. Pero el calor abrasador de los últimos días nos demuestra que la Naturaleza, esa madre maravillosa, es quien decide.
Los meteorólogos se la pasan estudiando el rumbo de los vientos y la dirección de las nubes, e insisten en pronosticar los cambios climáticos en los noticieros.
Sinembargo hemos subestimado el poder de la Naturaleza; hemos derrochado sin escrúpulo todo aquello que tan generosamente no ha brindado y ahora debemos sufrir las consecuencias.
Hemos socavado la tierra, hemos talado e incendiado los bosques, hemos saturado el agua y el aire con sustancias nocivas.
Las generaciones futuras serán herederas de un planeta enfermo. Hemos hecho de la Naturaleza una anciana caprichosa y gruñona, y es por eso, que la certeza con que los antepasados anunciaban las épocas de invierno y verano, es cosa ya del pasado.
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