La extraña magia de lo real


En el pasado plenilunio que tuvo el grupo ConVerGentes, en donde como siempre pasamos una agradable tarde de integración en torno a canciones y lecturas, vimos a la señora que, siguiendo tan sagrado ritual, toca las campanas de la iglesia que anuncian la misa de las seis de la tarde.

Este hecho generó un pequeño comentario respecto a que hay templos que ya no tienen un campanario sino que a través de megáfonos transmiten una grabación una y otra vez; el comentario llevó a otras cuestiones sobre el catolicismo aquí en La Loma, pero si yo recuerdo ahora ese hecho, es porque no puedo dejar de resaltar el secreto valor que tienen esas campanas para la comunidad.

Todos las escuchamos, o mejor no, las oímos, a la distancia. Las oímos como algo tan común, que siempre que suenan, no son nuestros oídos sintiendo su fino tañir, sino nuestra memoria recordando un antiguo sonido. Para los que son fieles es el anuncio que precede a la ceremonia, ése que nunca se hace esperar; a otros les sirve como mero anuncio de la hora del día. Pero cuando alguien muere, entonces las campanas dejan de ser un llamado o un anuncio y se convierten en un lamento, en un último homenaje que nos abarca a todos; podemos sentir entonces el significado de las palabras de Jhon Donne cuando dijo que ningún hombre es una isla, que la muerte de cualquier hombre me disminuye, por lo que “no quieras saber por quien doblan las campanas; ¡están doblando por ti!”.

Es en este lamento, que fácilmente muchos percibimos porque se sale de lo normal, donde las campanas toman su sentido original de cuando en los pueblos antiguos medían el ritmo del día para todos. Pero aunque para nosotros no dejen de ser solo unas campanas que de vez en cuando nos enteramos que suenan, sé que para la mujer que hoy las toca, es una labor que requiere de su entrega, precisión y puntualidad. Ella quizás no percibe que hace una labor que a casi nadie le importa, pero que a todos les atañe, que a todos los vincula, aunque eso nadie lo sepa, porque es tan verdad, tan natural, que nadie nunca lo cuestiona.

Así pasa con muchas cosas, caminamos la vida siempre sintiendo de memoria. Solo cuando nos damos cuenta que algo ya no está, lo apreciamos. Porque antes era tan nosotros que ni lo detallábamos; antes el árbol que nos daba sombra y que se fue no era sino una cosa en el camino. No nos dábamos cuenta qué tan verde o tan alto era, o que fuera siquiera un árbol.

Solo requerimos de un poco de atención de más para las cosas, para no perdernos de mucho. Yo una vez vi una señora que tocaba unas campanas, y antes de preguntarme porqué lo hacía, recordé que siempre había sabido que lo hacía por mí.

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7 comentarios

  1. Yo espero, al igual que usted, no adquirir esa capacidad de costumbre, nada tan delicioso como disfrutar, por ejemplo, la sombra de los árboles del jardín botánico, ó caminar por esa acera donde un árbol que quisiera abrazar el cielo te da una deliciosa sombra, o ahora, en prado, los guayacanes rosados que brindan un hermoso espectáculo a la vista.

    no sólo creo que lo haga por tí, es posible que encuentre algo que le anime por si misma a realizar este oficio con tanta exactitud 😉

    saludos.

  2. Diego: tal vez una buena parte de la magia que las campanas evocan, con su repique en las mañanas y en las tardes. deriva de algo ancestral. No solo porque nos remite a momentos inolvidables de la niñez, sino por la carga de siglos que tiene en el inconsciente colectivo.

    Remite además a formas muy antiguas y profundas de lo sagrado y los ritos que se convocan a su alrededor conectado con el encanto que con tanto acierto mencionas.

    Vep que no te dejas llevar por la costumbre y eso se debe a la capacidad que posees de mirar la poética de lo cotidiano y sus repeticiones maravillosas.

    En mi niñez el campanero era siempre un varón. Me encantó ver que en La Loma es una dama, eso me sacudió de las viejos estereotipos ancestrales.

  3. Que bien Diego, esa anotacion que haces me pone a reflexionar sobre la importancia de que no perdamos
    nuestra capacidad de asombro ante lo cotidiano o
    “lo que pasa desapercibido para algunos” como podria
    ser el primer rayo de sol de un amanecer o la sombra
    de un arbol.

  4. Diego, tienes razón… hace falta que nos demos el “pellisco” para poder admirar la cotianidad sin dejar que se nos vuelva rutina.

  5. HAce mucho tiempo que elabora esa función y nosotros ni siquiera nos habiamos dado cuenta de lo valioso que es desempeñar esa función en la iglesia y en la comunidad!

    Saludos!

  6. […] La extraña magia de lo real […]

  7. creo que más que darte la razón, es esa memoria que a manera de instinto, nos trae recuerdos que a todos nos atañe.

    quien no recuerda, las misas de domingo,
    y no tanto por que fuera domingo, sino por los campanazos
    que anuncian y a los que las escuchamos cerca que había
    que bajar a la misa de DOMINGO..

    saludos

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